La joven periodista Megan Lewis encuentra el cadáver de su vecina cuando pasa a recoger a su perra, un caniche al que Emily cuida cuando ella está trabajando. La mujer ha sido cruelmente asesinada y Megan necesita descubrir la verdad que se esconde tras un crímen tan espantoso.
Derek Taylor, el policía encargado de la investigación, es también un amigo de la víctima que no va a parar hasta esclarecer quién o quiénes son los culpables. Pero mientras él investiga el caso no para de tropezarse con Megan, que no cesa de meter su linda naricita en sitios donde no la llaman.
Lo que ninguno de los dos espera es encontrarse con un caso mucho más complicado de lo que parecía en un principio y donde cualquiera puede estar implicado.
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"LUNA DE ORIENTE" DE NIEVES HIDALGO
A LA VENTA EL 20 OCTUBRE.
SINOPSIS:
Inglaterra, año 1800. Shylla Landless debe escapar de Mulberry Hall, dejando atrás al hombre a quien que ama, para poner a salvo a su pequeña hija Christin. Años después, Christin se ha convertido en una bella joven, criada en una vida de libertad. Cuando un aristócrata intenta comprar sus favores, se burla de él sedándole, robándole y dejándole desnudo en el bosque. Perseguida por ladrona, acabará en manos de unos esclavistas y en el harén del bey de Baristán. Christin ni se imagina que allí, donde no es más que una prisionera rodeada de lujos, volverá a enfrentarse al conde de Desmond, el noble al que humilló en Inglaterra, decidido a cobrarse la ofensa de la gitana de la que quedó prendado.
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El bolso entre abierto de Elena, dejó caer sobre la mesa de su despacho la novela que en esos momentos se estaba leyendo.
- ¿Que tal es?. Preguntó su secretaria al entrar en el despacho.
Elena siguió la mirada de María y clavó sus ojos negros sobre la cubierta del libro, una sonrisa desganada precedió a su comentario.
- Una novela más, promete ser una historia de amor, pero no es más que una novela de esas que lees por leer.
María cogió el libro entre sus manos y leyó en voz alta las críticas impresas en la contraportada, "Una novela que cautivó a millones de lectores" "Golpea al lector en el estomago y pone en guardia sus sentidos y su corazón". - No tiene mala pinta. Afirmó al fin.
- Eso mismo creí yo en el momento de comprarla, me engañé prometiéndome a mi misma una lectura entretenida y romántica, pero me encontré con una historia perturbadora y desagradable.
- Es un best seller y ganadora del premio Strega. Defendió María, con la novela aún entre sus dedos.
- Una muestra más de que lo más vendido no es del gusto de todos. Elena se dejó caer en la silla tras el escritorio y encendió su ordenador. Una novela que narra la aventura extramatrimonial de un hombre con su amante, que se ve inmerso en una relación que le trastorna hasta el punto de decidir dejar a su mujer, puede ser una promesa de un amor imposible, cargada de sentimientos, pero si esta relación empieza como empieza esta... creo que para empezar, no se puede llamar amor.
-¿Pues como empieza? me estás dejando intrigada. Indagó María, mientras dejaba la novela sobre el escritorio y abría la agenda de Elena.
- Con una violación y además se repite en dos ocasiones, como verás, el sabor agrio y desagradable que te deja esta lectura, me impide disfrutar del resto de la obra. El protagonista no puede menos que recibir mi asco y mi desaprobación, lo que precede después, me es indiferente, no puede llamar amor lo que siente por Italia, que es el nombre de su amante, cuando la ha violado y en un principio solo sentía asco y desprecio por ella. Llama amor, lo que no es más que sexo y depravación.
-Veo que no será una de las preferidas de tus estantes. Dijo casi distraída, mientras hacía girar el bolígrafo entre sus dedos.
-En absoluto, la he terminado de leer para así ser justa en mi juicio y porque odio dejar una novela a medias, pero no será una novela que recuerde con afecto, pero vayamos a lo que importa María, ¿Qué tengo para hoy?. Preguntó
Y María comenzó a relatar una serie de compromisos que prometían una mañana más que ocupada.Una vez terminó, salió del despacho dejando a Elena sumida en los quehaceres de su trabajo, esta, al ver de nuevo la novela, la cogió y abriendo el último cajón de la hilera de 4 del escritorio, la metió y lo cerró tras ella con ánimos de olvidarla.
Tras estas últimas palabras, Don Pedro y Don Julián, que parecían volver a respirar tras escuchar dichos términos a cumplir con honorabilidad, para no quedar como chiste o chascarrillos de taberna en los tiempos que los precederían. Colocasen ya ambos, espalda con espalda y sosteniendo el arma a la altura de sus caras, esperaron de dicho porte, la cuenta atrás.
- Uno, dos, tres… Las palabras de Don Emilio, repicaban en la soledad del lugar, marcaban no solo los pasos si no también el ritmo cardíaco de ambos hombres, quién se preguntaban, más que el cuándo que la respuesta era evidente, el cómo habían ido a parar a semejante situación, osada como poco y absurda en su totalidad. - … Y veinte. Se oyó en la inmensidad del lugar.
Los adversarios dejaron de caminar, se giraron allí donde mismo les sorprendiera peculiar cuenta atrás y a pesar de la poca visibilidad que existía entre ambos por la tupida niebla, descubrieron que si bien no era tarea fácil, era suficiente para alcanzar a ver elevada ante sí, la figura de su contrincante, alzaron sus armas y apuntaron a su rival.
- Disparen, ¡Ya!.
Y los disparos sonaron tronadores en sus oídos, ahogándose después en el estremecedor silencio de la mañana, que parecía haberse engullido no solo lo que ocurría tras los muros del Monasterio, sino el lugar en sí, pues sus corazones dejaron de latir en pos de conocer la o fortuna que acuciaba a su enemigo. Tras unos segundos en los que pareció haberse detenido el tiempo, para su mayor perturbación, observaron a su contrincante en el mismo instante en el que se desvaneció el humo de la pólvora que los rodeaba, marchándose esta tras la caricia de la brisa que quiso llevársela consigo.
Don Pedro, no pudo menos que sorprenderse al descubrir ante él, a un contrincante erguido y la vez abanderado de un porte más que orgulloso, a pesar de su sangrante hombro que chorreaba rojo en contraste con su camisa blanca.
- ¿Estás orgulloso de la hazaña protagonizada hoy?. Preguntó irónico Don Pedro a su hermano mayor y Santo protector de esa mañana, una vez se encontraron en el interior del coche de caballos que los devolvía salvo y sano a la de los Velasco en San Martín de Valdeiglesias.
- Tan solo he evitado locura sin igual por estos lares, pareciéndome absurda la idea de entregarte a la muerte por hembra indigna de tal sacrificio. Apuntilló Don Emilio desde su asiento junto a la ventanilla.
- No hubiese sido yo desde luego, el generoso que prodigara su vida, pues no tienes más que ver quién resultó herido en semejante falsa que provocasteis tú y ese Don Antonio, el cual, debería estar cavando una tumba a la fogosidad del Toledano y no aliviando un leve rasguño, del que no quedará en un futuro cercano, testimonio alguno del lance sufrido.
- Iluso serías si vives creyendo semejante embuste, pues la humedad de la mañana a obrado en favor de ambos, tanto Don Antonio como yo hemos sido fieles a la hora de cargar la pólvora, dispensamos por tanto a cada arma la cantidad adecuada.
Se defendió Don Emilio, sin más actos de persuadir de lo contrario a su hermano menor.
- No creas Emilio que me hayo furioso por ello, borracho sí, enamorado de mi esposa... tal vez, pero sin morir por ninguna de estas razones. Susana no es mujer merecedora de tal dádiva, siendo conocedor como lo soy, que eleva sus ruegos al cielo por la dispensa en este duelo de su amante y no por la mía.
- ¿Dudas hermano?. Preguntó Don Emilio, más aliviado que sorprendido.
- Tan grande es la duda que albergo en mí sobre mis sentimientos, como grande es la certeza que enraíza mi corazón, estrangulándolo con el desamor de Susana.
Recorrido el camino que dista del Monasterio a la casa de los Velasco y sin demora alguna, recibió Pedro carta perfumada de manos de uno de sus empleados. - La señora Susana salió presta esta mañana, dejándome encargo hecho para que entregase esto al Señor.
Pedro, leyó de corrido las líneas envenenadas y premeditadas que su esposa había tenido a bien dejarle a modo de despedida.
“Parto de la idea que padrino de duelo semejante al tuyo, no habrá permitido otra situación distinta a la que supongo será tu regreso a casa sano y salvo, del mismo modo, que lo habrá hecho tu adversario, de modo que corro en su busca con la esperanza de renovar la vida que a tu lado perdí. Ahí dejo pues, un marido que nunca quise y una vida que tan solo me ha sido llevadera en brazos de otros.”
- ¿Ocurre algo Pedro?
- Así es Emilio, ocurre que hoy es el primer día, de muchos que lo seguirán, para recobrar nuevamente la felicidad o en su defecto, una vida tranquila.
Indicó rotundo el menor de los hermanos y procurándole justo pago a aquella carta de la mujer, que en verdad fue más liberadora que dañina, arrugó y lanzó a la madre tierra que junto a la brisa de aquella mañana, fueran inquisidores del destino de tales palabras.
Y hasta aquí llega la prometida narración de un día en la vida de los Velasco, que si bien tales tierras existieron, existen y claro está, existirán, ni los Velasco, ni semejante “Don Juan” procedente de Toledo y afincado provisionalmente en San Martín de Valdeiglesias, se dieron en tal realidad, que alguien pueda afirmar haberlos visto, tocado o incluso el disparate de haber mantenido conversación con cualquiera de los personajes aquí mencionados.
Ni vayan a creer a quién afirme haber visto a Doña Susana, cubierta de polvo y mendigando a los viajeros, que la llevara de regreso a casa de sus padres en Madrid, tras abandonar ella de la manera más soez e indigna al que fuera su marido y ser ella misma, víctima de tal acto por parte de su amante.
En las tierras de la sierra Oeste de Madrid, háyase un pueblo señorial donde, tal vez nunca existió el apellido Velasco, pero partamos de la idea y la suposición de que esta singular y adinerada familia, terratenientes para más señas, vivió en estas tierras. Veamos así un capítulo de sus vidas, pues se me hace una empresa imposible el resumir una vida en pocas líneas, demasiado escueto y carente de detalles para este gusto mío a la descripción y la narración que deleite al lector. Centrémonos por tanto, en esta serie de acontecimientos que se desarrollaron a lo largo de un solo día y que comenzó de una forma tan peculiar como ésta.
Aun no había amanecido, cuando el coche de caballos de los Velasco se aproximaba a las ruinas del Monasterio de Santa María, era la hora y el lugar acordado días atrás para la cita que mantenía en desvelo a los Velasco y Julián de Méndez. Un Toledano, quién pasaba largas temporadas en tierras de San Martin, para así darse el placer de yacer en camas ajenas y desconocidas, luego era ya sabido por todos lo que conocían al singular “Don Juan”, que había yacido más noches en lechos ajenos que en el propio, para vergüenza de maridos, escándalos familiares y comadreos de ventanas y esquinas de quienes envidiaban a tales adúlteras por compartir lecho con semejante galán.
Pero no divaguemos en tales costillas de Adán que quedaron desoladas en tierras de Toledo y conozcamos que lecho ha vilipendiado, que dirían todos y que lecho ha honrado con su magnífica presencia, que diría la adúltera, concretamente, la esposa del menor de los Velasco, Don Pedro.
Este pues, astado donde los haya y su hermano mayor Don Emilio, hombre recto e íntegro como pocos, bajaron de su coche de caballos una vez estuvo oculto tras los muros del Monasterio de miradas poco discretas que se dirigieran hasta allí desde el camino del pueblo, que los pudieran delatar a las autoridades, eran sabido por todos lo ilegal y arriesgado de un duelo al más estilo inglés.
- Buenos días tengan sus mercedes. Saludó Antonio quién permanecía junto a Julián Méndez, como buen padrino de duelo.
- Buenos días, saludaron los Velasco. Sintiendo a su vez, como les penetraba el frío de la mañana a pesar de los abrigos.
Segundos más tarde, para que alargar más lo inevitable pensarían los padrinos, el Señor Antonio como padrino de Don Julián, y Emilio Velasco como padrino de su hermano el astado de San Martin, reunidos en el interior del coche, concretaban los términos a cumplir en tal disparate de nobleza y hombría que se pretendía jugar tras el arrojadizo guante por parte de un borracho Pedro y el recogimiento de tan digna prenda por parte de un, no menos borracho que el anterior, Julián.
- Será a un solo disparo y dudo mucho de la agilidad de ambos duelistas, para que cualquiera de ellos sea capaz de hacer diana a través de la niebla que nos favorece con su presencia y la media carga de pólvora que dispensemos días atrás. Afirmó Don Emilio, mientras rompía el seño de cera que ambos padrinos colocaron sobre la cerradura de la caja de armas una vez cargadas y preparadas.
- Tampoco yo creo sea mortífera la pólvora a usar por las armas, lo más podrá provocar alguna que otra tos una vez disparen. Apuntilló Antonio, mientras su mano no cesaba de acariciar su mentón.
- Entonces no dilatemos más los acontecimientos y vayamos a ellos. Dijo Don Emilio de Velasco, quién no, menos despreciaba el peso insólito de las armas que sostenía en ambas manos.
Reuniéndose con el portador de la ofendida cornamenta y el autor de tal coronación involuntaria e insatisfactoria, claro está de quién la llevaba, pues la esposa de Pedro, no fue involuntariamente al lecho de Julián, ya que se cuidó mucho de hacerlo antes de que fuesen otras de la redonda quién pudieran presumir de la conquista de aquella cama, ni mucho menos salió insatisfecha de ella. Más que merecida era la fama de “Don Juan” que precedía a aquel Toledano, pero no dejemos caer en el olvido los apuntes a sus formas y hechos, causantes sin duda de la avidez fémina por volver a calentar las sabanas del apuesto Don Julián.
Sostenidas las armas y empuñadas por sus duelistas, escucharon silenciosos el ligero azote del viento que peinaba, casi como si de una caricia se tratase, el verde que se extendía alrededor del Monasterio. Virtuoso e inquebrantable, mientras albergó vida entre sus muros, observaba ahora impasible aquel acto, que si bien no le costase la vida a ninguno de ellos, luego fue así arreglado por Don Emilio y Don Antonio, bien podían dar con sus huesos en algún calabozo, si los descubriesen en tal empresa.
La niebla, impertérrita fisgona, negándose con ímpetu a desvanecer su opacidad esa mañana, obligaba al concurrente a esforzarse en demasía para alcanzar la poca satisfacción de percibir, más que de observar, la majestuosidad arquitectónica de aquel lugar, ni tan siquiera los más osados e insolentes rayos de sol, fueron capaces de vencer la bruma.
Impregnados ya de la solemnidad del momento y sin querer dar tregua a la niebla que podía abandonar el lugar, paso a describir lo que allí ocurrió, que no fue otra la aventura de un duelo, por el aparente honor de una mujer que se bastaba sola para mancillar tal virtud, el desapego por la vida de un borracho por afición llamado Pedro y el infortunio de estar en la misma cantina e idéntico estado de embriaguez que el anterior y aceptar el desafío de un tal Julián, amante lujurioso de profesión y entiéndase por profesión, aquello que ocupa más horas a lo largo de las 24 en las que se distribuye el día.
Reunidos Don Emilio con los duelistas, al resguardo de la brisa tras los muros del Monasterio, relató sin preámbulos administrativos, ni supositorios de hermandad y amor, cuáles y diversas eran las normas del duelo que se estaba por celebrar.
- El lance será, sin que ninguno de ustedes ponga en duda las razones de los padrinos que así lo han decidido, a primera sangre, así pues, si se consideran persona de honor y por tanto caballeros, ninguno de ustedes disparará a matar. Y tras clavar su mirada en ambos hombres, añadió: - Los pasos fijados han sido veinte.