Ante todo pedir disculpas por la extensión, en futuras "escenas del pasado", donde relataré anécdotas de mi infancia, intentaré ser más breve.
Todo empezó cuando cayó en mis manos un paquete de pequeñas y rectangulares servilletas de bar, de esas que tenían dibujadas las líneas en rojo y azul. A mis 6 años de edad y sin tener entretenimiento alguno antes de irme a dormir, acudió a mi mente como una sacudida, lo que sería la solución perfecta al problema que nos aquejaba a mi amiga, llamémosla Lola y a mí. En mis manos tenía la ingeniosa solución, solo era necesario un ratito de trabajo esa misma noche y al día siguiente, tras las clases del cole, se pondría en marcha toda la operación. Una vez metida en la cama, el sueño no acudía a mí, había sido espantado por un desenfrenado ir y venir de ideas.
Al día siguiente, fijamos la hora de encuentro para las 18 horas, no podíamos perdernos Barrio Sésamo, ni aún, tratándose de algo de suma importancia, como era conseguir hacer de nuestro pequeño sueño, una realidad. Una vez juntas en la plaza y con una bolsa de plástico en mis manos, la puse al día de nuestra pequeña empresa.
- - He hecho monederos de papel, estos triangulares son de mujer y estos cuadrados son de hombre.
- - ¿Son servilletas?. me preguntó interrogativa mi amiga Lola.
- - Claro, los hice anoche, tengo muchos, los podemos vender por un duro, así tendremos el dinero para lo nuestro. Afirmé muy convencida del éxito que tendría nuestro negocio.
- - ¿La tienes?. Y a la vez que me interrogaba, sacó de su bolsillo una pequeña cuchara de café.
- - La tengo, pero la mía es más grande. Dije con una sonrisa de satisfacción en mi rostro, mientras le enseñaba la cuchara sopera que oculté en el interior de mi abrigo antes de salir de casa.
Nos pusimos en marcha, los comercios ya andaban abiertos y las gentes pululaban por las calles, lo intentamos un par de veces, pero la gente no se paraba para escuchar lo que tenían que decir dos mocosas como nosotras. Decidí que había que cambiar de estrategia, lo mejor sería entrar en las tiendas, probablemente así les sería más difícil a los adultos escabullirse de aquello que debíamos de contarles y fue así como nuestros pasos nos llevaron hasta nuestro primer destino, que no fue otro que una pequeña mercería. La dependienta leía un libro tras el mostrador de cristal, donde se podían observar todo tipo de botones, una gran variedad de colores y tamaños, a sus espaldas y bien alineados se encontraban los expositores de bobinas de hilo, ¿Cuántas veces había ido allí a comprar alguna de esas bobinas para mi madre?.
- - ¿Qué queréis?. nos interrogó nada más entrar.
En ese momento solo quería salir de allí corriendo, aquella mujer conocía a mi madre y sin tener muy claro por qué, sabía que si esta le dijese algo a mi madre, ella se encargaría de quitarme las ganas de vender nada.
- - Mire. Apunté yo, tragando la poca saliva que tenía en la boca y que aún no habían secado los nervios. Miré de soslayo a mi amiga pero fue inútil, ante el mutismo que la asaltó, sabía que debía de ser yo quien hablara y eso que habíamos quedado en que sería ella quien dijera las excelencias de la mercancía, ya que para mí era muy difícil pronunciar bien la palabra en cuestión. - Somos vendedoras de "moneeros". Ya estaba, acababa de empezar y ya había metido la pata. - Estos son de mujer y estos otros de hombre. Dije al tiempo que sacaba uno de cada modelo de la bolsa que colgaba de mi muñeca. - Valen solo un duro. Expliqué ante la cara de incredulidad de aquella dependienta, como si esa aclaración sobre su valor monetario fuese lo suficientemente convincente para que realizara una compra.
El éxito se haría esperar, no iba a ser tan fácil como creímos pero seguramente venderíamos nuestros monederos, aunque en nuestro primer intento con la mercera, solo nos ganamos un "- ¿Lo saben tus padres" a lo que yo respondí un sonoro "- Claro que sí" y salimos despavoridas de allí antes de que nos hiciese más preguntas.
Un ultramarinos fue nuestro segundo comercio elegido, dejando atrás el miedo a que aquellas personas le comentasen algo a mi madre, pues nos sentíamos lo suficientemente lejos de casa para ser reconocidas, la confianza volvió a aflorar en nosotras.
- - Yo no hablo que me da vergüenza. Aseguraba Lola, ante mi insistencia de que fuese ella quien hablara de los monederos.
- - Yo digo "moneero" y así no se dice. Intenté rebatir con un buen argumento, pero nada de lo que pudiera decir la iba a convencer de lo contrario.
Fijé mi mirada en el dependiente del ultramarinos, quien con una media sonrisa nos miraba desde el otro lado del mostrador, "Al menos no hay gente comprando", me dije para infundirme valor y acercándome hasta él, conté, casi de carrerilla las propiedades útiles de nuestros monederos. Nuestro éxito había sido parcial, salimos de aquella tienda con todas nuestras servilletas, pero con un par de Sugus en nuestros bolsillos.
Seguimos caminando y a cada paso que dábamos nos alejándonos de nuestro barrio, lo que hoy no es más que un paseo de unos minutos, en aquel momento nos parecía estar cruzando el pueblo de punta a punta y es que nunca habíamos llegado tan lejos. Tras descartar varios comercios por encontrarse varios clientes en su interior, nuestro caminar nos llevó hasta "La escuela de artes aplicadas y oficios artísticos".
Ante la acuciante necesidad de entrar al baño que sentíamos ambas, decidimos entrar y siguiendo las flechas que se distribuían a lo largo del pasillo, llegamos hasta los aseos, quedamos mudas ante la imagen que se alzaba ante nuestras menudas figuras, dos adolescentes reían y fumaban en el pequeño cubículo de un baño, "Estas deben de ser esas guarras de las que hablan los mayores" pensé al poner mi mirada en el cigarro del que daban buena cuenta.
Ávidas de entretenimiento, nos interrogaron desde el otro lado de la puerta del baño en que nos acoplamos Lola y yo, sin entender muy bien el porqué, las risas y los susurros entre ambas fueron en aumento. Ya ante ellas, les enseñamos nuestro material y cuando creí que teníamos un par de ventas aseguradas... para nuestra sorpresa nos llevaron de la mano y casi arrastras hasta su clase, donde le comentaron a su profesora y compañeros de aula, quienes estaban haciendo algo así como un jarrón de barro sobre unos tornos de madera y casi desvencijados, que nos había llevado hasta allí.
Lola se encontraba sumida en un silencio desquiciante, la apremiaba con la mirada para que inventase una excusa que nos sacara de aquel lugar, pero parecía estar más confundida que yo y como si de un torbellino se tratase, ambas jóvenes nos fueron pasando por el resto de las aulas de la escuela. Nuestro papel empresarial pasó a ser secundario, pues me invitaban a comentar que es lo que vendíamos, pero en el momento en que pronunciaba la palabra "moneero" se me dejaba de escuchar, ellas y sus gorgoritos envueltos en risotadas no dejaban lugar a ningún tipo de explicación. De pronto, en el aula de dibujo, algunos de los alumnos nos empezaron a echar monedas en la bolsa, junto a las servilletas, ninguno de ellos elegía ningún tipo de monedero pero si pagaba su precio, era extrañamente satisfactorio para nosotras. Al entrar en la biblioteca, fuimos despedidas del lugar, pero corrimos mejor suerte en el aulas de costura y de marquetería, en especial en la de mecanografía, pues la profesora que impartía las clases, nos hecho en la bolsa de plástico que llevaba sujeta en mi mano derecha, un billete de 500 pesetas.
No dudamos ni un solo instante, ya en la calle y libre de aquellas dos chicas que se habían divertido con nosotras remolcándonos casi, de un aula a otra y que no nos habían abandonado hasta que llegó el final de las clases y corrieron a su aula a recoger sus abrigos, nos marchamos tiritando de frio, se nos había hecho de noche estando en el interior de la escuela, era como si hubiese pasado más tiempo del que éramos conscientes. Muy ilusionadas por el éxito de nuestro proyecto y una vez cera de casa, entramos al ultramarino de "la María" una mujer que parecía estar siempre enfadada con todos sus clientes, precisamente ese fue el motivo por el que decidimos pasar por alto su tienda como posible lugar de venta. Sacamos una moneda de la bolsa de plástico y la entregamos a cambio de nuestra recompensa, del motivo único de toda la actividad de esa tarde, el deseo y la única razón de que dos niñas de seis años quisieran conseguir dinero... un kilo de azúcar, del que sentadas en un tranco, envueltas cuidadosamente en nuestros abrigos y con nuestras respectivas cucharas en mano, dimos cuenta en poco minutos.
Saciadas y felices, decidimos que el dinero sobrante sería para comprar más azúcar, crema de cacao o mejor aún, esa crema de untar pastosa y aceitosa de tres colores que se vendía por aquellos años. Pero, llegó el momento de regresar a casa y Lola no quería hacerse cargo de guardar la bolsa de la recaudación, pensamos en unos cuantos lugares donde podía estar a buen recaudo, pero ningunos nos pareció lo suficientemente bueno, así que decidimos que me lo llevaría a casa y en otro momento le buscaríamos un lugar adecuado. al llegar a casa mis padres me esperaban para cenar, poca era la gana que tenía de tomar alimentos, pues sentía los dientes como me rechinaban los unos contra los otros, además me estaban empezando a doler las muelas, ¿Por qué sería?. Rápidamente tomé la decisión de introducir la bolsa tras unas cajas de cartón que mi padre tenía apiladas en un rincón del almacén, en ese momento me pareció buena mi idea.
En los días sucesivos a este, ninguna de las dos teníamos ánimos de comer nada dulce, en mi caso fui advertida de la visita al dentista que haríamos en breve si el dolor persistía y a Lola, le fueron suficientes los dolores de barriga que tuvo esa misma noche y así fue como postergando nuestros planes, aquel dinero cayó en el olvido.
No volvimos a recordar aquel dinero hasta aquel día que tras desperezarme unos minutos en la cama, bajé a la cocina a desayunar antes de ir al cole y pude observar sobre la mesa la bolsa de plástico con las monedas y aquel precioso billete azul de 500 pesetas. La cara de mi padre, de pie junto a la mesa, me explicó sin más la gravedad que tenía aquel descubrimiento, al final y después de todo, se quedó guardado tras las cajas en el almacén, intenté buscar una excusa suficientemente creíble para poder justificar aquel pequeño tesoro, nada acudió a mi mente, así que decidí contar la verdad, pero hasta en mis oídos resonaba el eco de ser una historia poco creíble e inventada. Observé la cara de mi padre, no se había movido en lo que duró mi explicación, me pareció por un momento estar viendo a "La María" y ante aquel semblante decidí callar...

99%, BASADO EN HECHOS REALES.